El patio del fondo.

Las casas de provincia tenían en mi niñez la particularidad de contar con más de un patio. En los pueblos y ciudades de Chile, y aún en las casas pobres, solía existir, como quien dice, un patio para cada cosa. El primer patio, ubicado inmediatamente a la salida posterior de la vivienda, solía ser una especie de prolongación del espacio interior de la casa. Allí estaba la terraza cubierta por un parrón de viejas parras nervudas, retorcidas conforme al paso del tiempo por sus arterias. También en el primer patio se cultivaban los geranios y las hortensias, que en primavera y hasta fines del verano decoraban su entorno con la variedad diversa de sus colores. Bajo la sombra refrescante del parrón, normalmente, durante primavera y verano, se instalaba una mesa donde la familia se sentaba a almorzar o a cenar las hortalizas cosechadas en la chacra, que constituía también otro patio, separado del primero y del segundo, y el cual sólo tenía un carácter de proveedor de víveres.
En el segundo patio, que generalmente se hallaba separado del primero por una verja de alambres oxidados y una puerta derruida que había que apuntalar toda vez que se abría y se cerraba. Se usaba para tender la ropa en los cordeles tendidos entre un árbol y otro. Se ocupaba sólo durante la mañana para esa tarea. Por la tarde, quedaba enteramente a disposición de los niños, quienes nos internábamos a la hora de la siesta en él en ese bosque de ropa flameando en los cordeles al ritmo del viento. La distancia que lo separaba de la casa era suficiente para que tanto desde un lado, como del otro, no se oyeran los ruidos ni las voces. De manera que en ese patio reinaba la soledad, y por esa razón era el preferido de los niños. Llegar hasta él, equivalía a algo así como cruzar una frontera. Dado que al otro lado de la verja comenzaba la aventura, y la imaginación a algunos nos jugaba a veces más de alguna mala pasada, imaginando ver más de un posible fantasma encarnado en esas ropas tendidas al sol, o en alguna rama o tronco de los árboles. Sin embargo, lo preferíamos al primero, dado que allí nuestros juegos no estaban a la vista de los adultos, cuyas miradas inquisidoras algunas, irónicas otras, solían muchas veces frenar nuestra fantasía, o bien incubar en nuestra mente el abominable sentido del ridículo. Sin embargo, a la hora del crepúsculo que envolvía con su red gris hasta los últimos contornos, retornábamos ipso facto al primer patio, donde una ampolleta amarillenta encendida bajo el parrón, sabía devolverle sus formas reales a las cosas.
Estos espacios disponibles de las casas de provincias, son los que uno suele a veces añorar, sobre todo cuando nuestra existencia se encuentra aprisionada en un departamento o en una casa sin patio, y donde los gritos de los niños no nos permiten un solo momento de soledad a nosotros, ni a ellos, que lo necesitan tanto como los adultos.


El Gatopardo.