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El amor es un perro encerrado en el infierno. Esta sentencia de algún perdedor igual que yo, volvía como una resaca luego del estertor. Yo deliraba por la más hermosa de cuantas he conocido, aquella que ni siquiera había osado soñar que existiera para mis ojos. Su pelo era negro y largo y sedoso y se movía y se retorcía igual que su cuerpo. Y daba vueltas en mi cabeza de escritorzuelo con lenguaje de mingitorio y alma fornicaria. Los Cristos estúpidos como uno, ebrios y enfermos, suelen creer que la vida es diferente a manejar un Mercedes Benz, tener una casa con jardín o escribir en un ordenador.
¡¡Oooohhh, el culo de Linda Lee!!
Leer “Alcoholatum y otros drinks: Crónicas para gatos y pelagatos” es lo mismo que ser el boliviano Víctor Hugo Viscarra: no es crónica, no es biografía, no es cuento. Es algo in-nom-bra-ble. He tenido mis universidades: celdas, callejones clandestinos, casas abandonadas, puertas de calle, alojamientos... Me he criado en la basura, y he conocido muchos basureros y desde ahí escribo. “Borracho estaba, pero me acuerdo”. El diablo fue mi padrino de bautizo. La cosa es que el cielo es frío, en el infierno hay calefacción, prefiero estar abajo. “El infierno es un buen lugar”. Ahora soy el peruano Sergio Galarza y sé que “Todas las mujeres son galgos”. No lo intentes. La imagen de un boxeador en perfecta guardia de ataque custodia los restos del último escritor maldito de la literatura norteamericana, Henry Charles Bukowski Jr., Hank. Justo en medio de las fechas que marcan el nacimiento y la muerte (1920-1994), está escrito “Don’t try”. Hecho de menos su “Elogio al infierno de una dama”: Algunos perros que duermen a la noche/ deben soñar con huesos /y yo recuerdo tus huesos / en la carne/ o mejor/ en ese vestido verde oscuro/ y esos zapatos de taco alto negros y brillantes/ recuerdos podridos de un pasado podrido, y al final/ escapaste/ muriendo, dejándome con el presente podrido. Soy Mohamed Chukri. Cuando me escapé de casa, yo vivía en los cementerios para no ser violado por los mayores. Hasta que me acostumbré. Morí hace poco en una clínica de Rabat. Comparto el “Pan desnudo” con Chinaski. He vivido en Tánger que, al igual que Alejandría y Beirut, prometió falso maná, la ciudad cosmopolita del Mediterráneo llena de extranjeros buscavidas, putas y gigolós, vagabundos, desertores, marinos, así como de escritores como Truman Capote, Tennessee Williams, William Burroughs, Allen Ginsberg, Jean Genet y Jack Kerouac. Mi padre era un desertor del Ejército colonial español. Siendo niño me ataba a un árbol y me azotaba con un cinturón de cuero. Un día, en un arrebato de cólera, estranguló a mi hermano. Huí a una vida en la calle, huérfano, solo, analfabeto y más familiarizado con el hachís, el alcohol y la prostitución que con la comida. Hasta los veinte años no aprendí a leer… Este hombre de ojos vivos y tristes, pelo canoso y una cicatriz que cruza su frente dándole un toque de violencia contenida a una nariz aguileña, siguió escribiendo hasta poco antes de morir. Salía con un vistoso cuchillo a la calle ‘por si las moscas’. No quería irse sólo al cementerio. “Que vayan conmigo uno o dos, pero no me voy solo” decía. ¡Ay, si se hubiese encontrado con Pedro Juan Gutiérrez, “El Rey de La Habana”, “El insaciable Hombre Araña”, incómodo con el calificativo de Bukowski cubano! En mi opinión fue un tipo que se quedó estancado y se repitió incesantemente a lo largo de doce libros. Yo soy un tipo que evoluciona. Gutiérrez sobrevive bien, no bebe tanto y busca el equilibrio. Ya no echa espuma por la boca. Bukowski, en cambio, borracho y drogo, apesta más que un cerdo. “La gente solo abraza a ciegas lo que se le ponga delante: comunismo, comida natural, zen, surfing, ballet, hipnotismo, terapia de grupo, orgías, paseos en bicicleta, hierbas, catolicismo, adelgazamiento, viajes, psicodelia, vegetarianismo, la India, pintar, escribir, esculpir, yogur helado, Beethoven, Bach, Buda, Cristo, jugo de zanahorias, y de repente todo ello se evapora y se pierde. La gente tiene que encontrar cosas que hacer mientras espera la muerte”. Tristes poemas sobre el amor y el dolor humano. En “Aplastado por la mierda”, el cubano explica: “La locura merodeaba y yo la eludía. Había sido demasiado en muy poco tiempo para una sola persona, y me fui un par de meses de La Habana. Viví en otra ciudad haciendo unos negocios, vendiendo un refrigerador de uso y otras cosas, y a la vez y viviendo con una muchacha loca —loca en estado puro, sin contaminaciones— que estuvo presa muchas veces y tenía el cuerpo lleno de tatuajes. El que más me gustaba era uno que tenía en la ingle izquierda. Era una flecha indicando su sexo y un rótulo que decía solamente: BAJA Y GOZA”. Don’t try! |