El recreo.

La esperanza de salir a cierta hora a recreo durante la jornada escolar, lograba mantenernos relativamente quietos en el interior de la sala de clase. Hoy tengo la impresión que nuestras mayores expectativas estaban fundadas en la llegada de ese momento. Cierto es que algunos mirábamos el reloj y contábamos los minutos que faltaban con mayor frecuencia que otros durante la espera. Pero no menos cierto es que todos ansiábamos que la hora del recreo llegara lo más pronto posible, incluidos los profesores. A ellos también les pesaban sobre los hombros las horas de clases, acaso incluso más que a los mismos alumnos. Recuerdo que sus ojos se veían regularmente cansados, y su voz denotaba también el paso de las horas por sus cuerdas vocales.
Entonces, cuando sonaba finalmente el timbrazo que anunciaba la libertad, salíamos disparados a los patios, como almas que hubiesen estado presas por largos años en el interior de una cárcel. Cuál más cuál menos sacaba un sándwich de su bolsillo y a dentelladas feroces daba cuenta de él en tres o cuatro mascadas, mientras deambulábamos por los patios con la ansiedad de quien se pasea por un mundo nuevo, novedoso, fantástico, libre de toda preocupación. Algunos corrían desaforados hasta el fondo del patio, otros jugaban a la pelota, también había quienes aprovechaban el recreo para pegarle una deliciosa pitada a un cigarro en los baños. Otros con más suerte se besaban con alguna muchacha detrás de los pabellones de las salas. En fin. El recreo daba para todo. También había grupos de muchachos que se atornillaban en patota junto al quiosco para bolsear a quienes compraban alguna golosina. Hasta que finalmente se oía el timbre otra vez y detenía todas las actividades en cualquier punto que estas se encontraran. Por supuesto que no faltaba a quien el timbrazo lo pillaba sentado en el baño. Entonces vuelta otra vez a clases, a la sala, a la obligación, pero siempre con la esperanza que vendría un segundo recreo a rescatarnos.
Nada podía ser más expectante que la hora del recreo. Quizá sea eso lo que nos falta ahora a los adultos en nuestro mundo laboral: un recreo. Un recreo en medio de la jornada, al menos para sentir que somos algo más que máquinas automatizadas, fabricadas nada más que para producir y dar ganancias. Un recreo al menos para que volvamos a sentir que por nuestras venas corre sangre todavía, sangre que despierta viejos sueños incansables. Un recreo para detener la psicosis, ese estrés que nos liquida, y que alguno hasta los mata de un infarto.


El Gatopardo.
22/06/2002