Esta novela, ganadora de un premio importante como el Gran Angular, resulta un tanto decepcionante. Digo decepcionante, porque uno siempre espera más de las obras premiadas, en virtud que resulta muy difícil conseguir tales premios. Sin embargo, no se puede discutir que la novela no esté bien escrita. Lo que no deja de ser un mérito en estos tiempos en que el idioma castellano padece de cierta desfiguración por parte de los narradores de moda. La mirada de la noche se lee bien hasta el final. No padece de fisuras de frases, ni repeticiones de palabras, o de nombres propios como sucede en otras novelas de autores españoles de los últimos tiempos. Aún así, prefiero las obras que presentan algunos problemas de lenguaje, pero cuya problemática se centra en aspectos más trascendentes del hombre, o aquellas que al menos conservan su verosimilitud hasta el final.
La mirada de la noche es una novela de entretención, alguien preguntará si acaso no es esa una de las cuestiones fundamentales del género, y tendré que contestar que sí, pero además de eso, me parece que debe contar con atributos todavía más interesantes que la mera entretención. Sobre todo cuando creemos que la literatura es una expresión y una búsqueda constante del alma.
Aquí nos introducen en el mundo supuestamente del terror, aunque el lector no lo llegue a sentir en ningún momento. Se cuentan hechos que escapan a lo verosímil, no porque no puedan serlo realmente, sino porque la mano del escritor deja sueltas demasiadas piezas importantes que el lector puede, mediante su propia fantasía, rellenar y convencerse de que tal o cual cosa no es posible. Como, por poner un solo ejemplo, dado que a novela presenta muchos otros, el hecho de que una vez al tanto de la posibilidad de peligro que enfrentan los habitantes de la mansión (los hermanos Virginia y, Malcon, sus sirvientes Margaret y Donald), no se trasladen a un lugar más seguro. Sabemos que se trata de gente acomodada, que perfectamente podía haber dejado la mansión durante esos dos o tres noches que sabían que sus vidas corrían peligro. Lo mismo ocurre con la muerte de Virginia, escapa a toda lógica. Que ella se haya introducido en la maleta del auto para acompañar a Brandon dejando a su hermano solo con los sirvientes de la casa, es casi ridículo. La verosimilitud de estos hechos es imposible. Ya nos ha costado creernos el cuento de la existencia del Waldstein y la coincidencia que justo reapareciera en la vida de Brandon veinte años más tarde en otro sitio, como para seguir creyendo todavía más cuestiones increíbles.
El género del terror es difícil, muy difícil, José María Latorre tuvo mucha suerte de ganar este premio con una novela de argumento tan débil, vulnerable por todos los flancos, salvo en el buen uso que hace del idioma.
Puedo rescatar que tiene un buen comienzo, un comienzo que promete cuando Brandon ve moverse a su abuelo en el interior del ataúd. Pero después el relato comienza a venirse poco a poco abajo, hasta derrumbarse por completo, al extremo que ya no interesa llegar al final, porque sabemos más o menos como van a terminar las cosas. Me queda la impresión que sólo debió ser un cuento hasta el primer capítulo, el resto esta demás.

Miguel de Loyola
julio del 2002

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