Esta novela del escritor japonés Shusaku Endo (Tokio-1923), ecomómica en el lenguaje y la forma, como toda narración de origen oriental, nos pone en conocimiento de la vida de un misionero portugués, Sebastián Rodrigo, destinado a misionar en el Japón, durante un momento histórico en que estaba prohibida la propagación y el culto de la fe cristiana, sembrada años antes en dicho país por misioneros también portugueses.
La narración nos lleva a conocer las peripecias y privaciones que tiene que pasar el padre Rodrigo una vez que consigue llegar al Japón, hasta el momento de su captura por parte de quienes buscan y persiguen a los cristianos. Circunstacia en que será llevado finalmente a prisión donde deberá apostatar su fe, para poder liberar del sufrimiento a otros cristianos, cruelmente flagelados y torturados.


El título del libro pareciera ser una clara alegoría al silencio aparente, en este caso de Dios, ante las atrocidades cometidas por los hombres. Shusaku Endo en su relato consigue cuestionar y denunciar dicho silencio ante los ojos del lector. Y su mensaje subliminal pareciera ser bastante claro. De alguna manera quiere decirnos este escritor que Dios no responde a las súplicas y a los sacrificios de los cristianos a través de sí mismo, como los dioses paganos, sino sólo y mediante la acción de otros hombres. Es decir, son los hombres los que deben encarnar a Dios cuando sienten compasión por el dolor de sus semejantes, para que él se manifieste como tal. En este sentido, la novela devela una virtud teológica difícil de comprender de otro modo que no sea mediante la metáfora que es el arte.
Los misioneros portugueses en Japón terminan apostatando, no porque se rindan ante el sufrimiento propio, porque de hecho están dispuestos a morir por su fe, sino por la piedad que despierta en su corazón el dolor de los demás.
Sucede que la celda del padre Rofrigo esta junto al patio donde se tortura a los cristianos y es él - y no Dios- quien debe oír los gritos desgarradores de estos hombres que los tienen colgados de cabeza, con un orificio abierto en el lóbulo de la oreja para que se vayan desangrando por allí gota a gota.


Miguel de Loyola
2/9/2002