He aquí una novela memorable, acaso la novela más memorable que me ha tocado leer por estos años. El último Encuentro, tiene todo lo que le faltan a las novelas chilenas. Un espesor moral y psicológico que sólo es comparable con las grandes novelas rusas. Los personajes, que no son más de cuatro, representan a un grueso de la humanidad.
Este autor, Sandor Marai que pasó en vida como un desconocido, después de su muerte se difunde su obra. Cuántos autores como estos son ignorados, pasados a llevar por la taquilla, por los autores que levantan polémica y se hacen sentir y pagar como grandes novelistas sin serlo realmente. Las vanidades del destino cometen crímenes tan grandes como estos, dejar pasar una novela que tiene tanto que enseñar al hombre de nuestro siglo para bien del venidero. Su lectura debiera ser obligatoria, sino en los colegios, en las universidades.
Sandor Marai nos introduce en esta pieza de relojería, en la esencia de la vida misma. El problema de <la verdad> en contraposición a <la realidad>, son abordados aquí de manera magistral. Estos dos ancianos -Henrik y Konrad- que se dan cita en el mismo lugar donde se vieron por última vez hace cuarenta y un años, merece una galería amplia para escucharlos. Se reúnen en el ocaso de sus vidas para esclarecer su existencia y poner sobre la mesa la realidad, por sobre la verdad, haciendo viva esa máxima biblica que nos dice "a los hombres, por sus actos los conoceréis" ya que llegar al corazón del hombre resulta un trabajo siempre imposible. Lo que llamamos verdad, pareciera querernos decir Marai entre líneas, está sujeta siempre al interés personal, a la subjetividad, en cambio la realidad es la única fuente objetivable, que nos permite valorar en forma objetiva e impersonal tanto al hombre, como a su historia.
Henrik, protagonista de la historia, viejo general retirado, recluído en su masión a pasar sus últimos años, encarna el mundo que podríamos llamar <real>, objetivo,
Konrad, en contraposición, encarna en la novela <la verdad>, en tanto cuestión imprecisa, subjetiva, poco confiable.
Estos dos amigos que han pasado la mayor parte de su juventud juntos, uno rico y el otro pobre, creyéndose, o sintiéndose incluso amigos fieles y leales, se descubren de pronto no como enemigos, puesto que eso no serían inconveniente entre hombres de armas, sino traicionados en esa amistad.
He ahí el primer gran punto de la novela, el acierto para poner en jaque dicha amistad de la manera más sutil, secreta, apenas imaginable por el lector.
Marai va punto por punto acercándose a lo que nos quiere revelar, sin apurarse, morosamente, dando pequeñas pistas, insinuaciones, que hieren o que afectan más al lector que la entrega total de los hechos de manera abrupta. En otras palabras, va dejando espacios en blanco para ser relllenados por la fantasía del lector, generando expectativas constantes, permanentes.
Todos los personajes de la novela son un misterio, en tanto misterio es el hombre mismo. Las reacciones de los hombres son siempre impredecibles, por lo tanto, poco confiables, salvo la realidad. La realidad de los hechos concretos, entiéndase. En tanto actos ejecutados y a la vista como posibles pruebas. Como sucede en esta novela. Juzgamos a Konrad a partir de lo que sabemos que ha hecho. Más no podemos saber de él. Pero con los hechos nos basta para aproximarnos a la esencia de su persona. Lo mismo podríamos decir de Henrik, lo juzgamos a partir de lo que sabemos de él, de cuáles han sido sus pasos por el mundo. Esa es la realidad que lo delimita, que nos da un proyección concreta de su existencia.
Sin lugar a dudas, el curso de la novela nos lleva al precipicio de condenar a Konrad, sin contar con atenuantes que bien pudieran rebajarle la pena, la sanción moral que se impone por el sólo uso del sentido común. Pero no es esto acaso lo lógico? Sin embargo, como seres de este siglo, nos duele, con los siglos el hombre se ha puesto más misericorde para condenar actos como estos que nos revela la novela. Acaso porque descreemos de la jerarquía de ciertos valores del espíritu, y por eso el hombre de hoy los viola impunemente a vista y paciencia de nuestros ojos. Es posible que exagere, como lo hace también la novela. Pero la exageración es un ingrediente inevitable en el mundo del arte.

El Quisco, febrero del 2002.