La piel del tambor
Arturo Pérez-Reverte
Alfaguara
1995
589, páginas.
Por Miguel de Loyola
Un mensaje dejado por un
backer, pirata cibernético, en el computador personal del Papa,
llevan a la IOE (Instituto para las Obras Exteriores del Vaticano) a
enviar al sacerdote Lorenzo Quart a Sevilla a investigar las irregularidades
ocurridas en la iglesia Nuestra Señora de las Lágrimas,
denunciadas por el backer. Una vez allí, en Sevilla, este sacerdote
de singulares características, parecidas a las de un investigador
privado, se verá envuelto en una serie de peripecias derivadas
de su investigación, como una relación amorosa, una riña
a puñetes, disquisiciones filosóficas, astronómicas,
teológicas, oníricas, etc. El sacerdote Lorenzo Quart
se perfila como un personaje novelesco ante los ojos expectantes del
lector, capaz de conducirlo hasta la última página. Aunque
pasando por más de algún capítulo innecesario.
Cuando uno lee este tipo de novelas trazadas sin una sola fractura técnica,
se desconcierta al momento de meditar sobre su contenido. No sabemos
que decir respecto a su significado. La novela está bien escrita,
los personajes resultan posibles, el tema también es verosímil.
En fin, todo funciona en la novela, sin embargo, uno se queda con la
sensación de vacío, como si al darnos cuentas de los artificios
que sustentan el arte de la novela, el arquetipo se nos viniera abajo.
Esto me ha pasado con la Piel del Tambor. El descubrimiento de los artificios
con los que está construida, que saltan solos a la vista del
lector, le hace perder la fuerza que por momentos alcanza su drama interior.
Es entonces cuando uno recuerda ciertas explicaciones dadas por los
maestros del género, como Henry James, quien decía, entre
muchas otras cosas relativas al arte de la novela, que el escritor tiene
que hablar con el aplomo del historiador. Ese detalle, aunque mínimo,
quizá sea uno de los que no funcionan muy bien en esta novela
de largo aliento, y por eso como lector nos quedamos con la sensación
del tryller. Las articulaciones de la trama, demasiado evidentes por
falta del aplomo del historiador, son las que nos llevan a desmitificar
esta obra y a considerarla como una más, entre los cientos de
miles que producen los escritores españoles de nuestro siglo,
con un tiraje impresionante, al menos para nosotros, los chilenos.
Sin embargo, Arturo Pérez-Reverte escribe bien, se maneja en
el canon moderno de la novela, aunque su morosidad resulta innecesaria
en algunos capítulos, en tanto otros más importantes carecen
de ella. La presencia de la comparsa de bufones, Celestino Peregil,
el mismo Pencho Gavira, Ibrahim, el Potro del Mantelete y la Niña
Puñales, perfectamente delineados como personajes novelescos,
si bien no ayudan en la cuestión de fondo, contribuyen a la entretención
y a la intriga propia del tryller. Pero a mi juicio, para profundizar
la tesis que busca denunciar el poder y las fisuras de la Iglesia, asunto
que se me ocurre corresponde a las intenciones del autor, la comparsa
de bufones debió haber quedado al margen de la novela.
Abril del 2003
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