LA ULTIMA HISTORIA DEL

DIFUNTO DON LEONIDAS

              Al retirar el cadáver los bomberos intentaron esconder ese clavo tieso que acusaba al difunto; fue inútil. Hubo que vestirlo lo más rápido posible con un terno azul a rayas, muy de buen tono, que trajeron desde su casa y dejar el marrueco abierto ante la imposibilidad de domeñar ese garrote yerto e insolente, acerado por el rigor mortis. Fue Marisol, la chiquilla de la tienda, la que se opuso con un chillido de espanto a los proyectos de utilizar un hacha para salvar el obstáculo evidente que significaba meterlo en un cajón. Tampoco prosperó la idea de ponerlo boca abajo, posición indecorosa para un hombre de tan alto rango y condición social. Fue así que Marisol vistió por derecho propio, lo mejor que pudo, al muerto.

             Era hombre de Estado eminente, lleno de tacto, un diplomático... Y de carácter suave. Vivía constantemente preocupado de sus deberes cívicos. Recuerdo que hallándose de jefe de Gabinete, me mando llamar una vez, diciéndome: “- Mira ‘cadete’ parece que hay dificultades en la primera Compañía de Bomberos; busca manera de arreglarlas; recuérdales a los amigos que no es posible menoscabar su prestigio tan bien ganado”. Se acordaba del Cuerpo en los momentos más difíciles para el Ministerio. El finado don Leonidas tenía sus cosas; según las malas lenguas, doña Benigna no tenía idea del maridito que la acompañaba. Mientras ella se encomendaba a todos los santos y guardaba los viernes de Cuaresma, poseída de arranques de misticismo; él, bombero ejemplar, partía a la tienda de la Plaza a esperar, muy discretamente, a Marisol: veinteañera de piernas redondeadas, rostro soleado y ojos verdes. El asunto tenía ya un par de años, muchos lo sabían, pero a nadie se le hubiese ocurrido comentarlo en público. Más alegre y con las canas disimuladas bajo el sombrero, paseaba su robusta figura por las calles más elegantes de la ciudad , como si nada, este pro hombre de la vida nacional.

             Todo habría seguido así, de no suceder lo que, tarde o temprano, tenía que suceder. Parece que tanta agitación trajo el asuntito a la vida de don Leonidas que su ajetreado cuerpo se resintió; frisando ya los los sesenta y tantos, la chiquilla lo mandó a la tumba. Como de costumbre, se habían encontrado en un rincón de la Plaza, luego fueron a tomar un par de tragos a un lugarcillo agradable y de allí, los tortolitos se instalaron en un secreto nidito que el alquilaba justo frente a la Bomba. Cerca de la medianoche, Marisol salió semisdesnuda pidiendo socorro a los bomberos; éstos, atónitos ante el espectáculo, corrieron como locos hacia el tercer piso, pero ya era tarde. Don Leonidas había muerto abrazado, tal y como dios lo echó al mundo, al cuerpo joven que lo despidió entre caricias al más allá. Una sonrisa extasiada y un mástil de barco pirata que se hunde, era su último testimonio en este mundo. Don Leonidas había muerto como había vivido, cautivo de sus placeres, veterano y vesánico bombero.

             Al enterarse de la tragedia, doña Benigna ordenó traer el cuerpo a casa, mientras se preparaba el velatorio en la iglesia. Y todas las mujeres se precipitaron de golpe, atropellándose, a las habitaciones del difunto, abriendo la puerta de par en par. Entre gritos, cuchicheos, histerismos, violento abrir y cerrarse de puertas, carreras de sirvientes, llantos, toses y catarros, oíase monótona la voz del presbítero Correa entonando en alta voz, brevario en mano, las preces de los muertos. Era explosión violenta, distensión general de nervios, amarga voluptuosidad de lágrimas y de gritos en las mujeres; anhelo de concluir de una vez con una situación desesperante. En ese instante se oyó el repiqueteo de la campanilla del teléfono:

Aló...Aló...¿con quién hablo?

             Era José, el sirviente de mesa, que comunicaba a los diarios de la mañana la muerte de don Leonidas. El comisario, que también había sido bombero antes de ser carabinero, conservaba esa lealtad íntima hacia la cofradía; así fue que preparó acuciosamente el parte: el occiso había fallecido de un ataque cardíaco mientras jugaba una partida de póker con sus camaradas. Miró el papel y le puso su firma y un timbre, le pareció escueto y digno. Todos los bomberos sintieron esa sensación de bienestar que sobreviene cuando se ha cumplido cabalmente con un supremo deber. El cuerpo fue trasladado a la iglesia y por las influencias de doña Benigna, lo instalaron frente al altar mayor. Tal fue el sigilo que rodeó cada maniobra de la operación que Marisol se dio el lujo de asistir a la Misa de Difuntos y llevar un ramo de rosas rojas como muestra de su inconfesable pasión por el extinto. A nadie le pareció extraño que ella estuviese allí, acompañada de un noble bombero, y que compartiera , desde el anonimato, el dolor y la tristeza de la viuda que detrás de su velo negro ni supo quien le daba el pésame.

             Jamás se había visto entierro más concurrido en Santiago. La iglesia de Santo Domingo estaba de “bote en bote”, no había dónde meter un alfiler. La orquesta era magnífica; Paoli, el tenor de la ópera, había cantado el Miserere. Allí estaba todo Santiago. Enumeró, una por una, las personas de ella conocidas. Sus amigas agregaron, cada cual, un nombre, sin olvidarse de sus “pololos” y de sus amigas. Fulana de tal no estaba en la iglesia, Mengana tampoco; las niñas tenían cuidado de subrayar ciertas ausencias. “¡ Y qué de coches, hijita..., aquello no se acababa nunca!”. Eran cuadras de cuadras. Había más que en el entierro del presidente Errázuriz. Don Leonidas, en la soledad de obligado primer actor, tenía todavía un último acto. Sabiendo quizás que sus dos mujeres estaban allí rezando por su alma, justo cuando el sacerdote hubo leído los salmos de rigor y se aprestaba a arrodillarse, abrió la tapa del cajón tirando violentamente las flores y coronas al suelo. Ante la estupefacción de la guardia de honor y la mirada pasmada de una de las beatas de primera fila, don Leonidas echó afuera ese pedazo de sí que desafiaba la muerte. Los bomberos, al percatarse de lo que acontecía y ante la tenaz resistencia que se oponía a la tapa del ataúd, optaron por camuflar ese tentáculo amoratado con las flores y las coronas. Mientras tanto, algunas señoras reanimaban a una distinguida dama que se había desmayado balbuceando algo de “la cosa”, que el finado había sacado “la cosa”. Felizmente, nadie le dio mucha importancia al suceso ni a las alucinaciones de la beata.

             El cajón  fue trasladado al camposanto al compás fúnebre de la desafinada banda del Cuerpo de Bomberos y don Leonidas, mirando al cielo con una sonrisa angelical y el asta engalanada para tan solemne ocasión. Lo que a ella le había parecido imponente y grandioso, en la ceremonia, había sido el momento en que sacaron el ataúd del templo, rodeándolo con los estandartes del Cuerpo de Bomberos, del cual había sido superintendente. La conversación tomaba otro giro. Laura Oyanguren, con la autoridad de ser una de las mejor vestidas en Santiago, se puso a disertar sobre el luto de moda y describió, muy por menudo, el traje recibido muy recientemente de París por una prima suya, sin perdonar el “velillo punteado de felpilla sobre tul” del sombrero, ni los “entredoses” de imitación malla del vestido. A las muchachas se les venía el agua a la boca con las descripciones de los trajes.

             La fosa había resultado demasiado pequeña para contener el cajón y su inusual periscopio, de tal manera que a las paladas previstas hubo que agregar diez más. Por fin, se cubrió todo con flores y todos felices. Nadie se extrañó del singular montículo sobre la tumba, tampoco el señor cura que terminó desparramando agua bendita por todos los rincones del lugar.

- Hijita..., no puedes figurarte cuán sinceramente los de casa te han acompañado en tu pena. Mi madre me encarga te diga que te lleva en el corazón... Debemos compadecernos de los que se quedan...no de los que se van.

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