A las 7.30 de esa tarde del primer domingo de marzo, como era su consuetudinaria costumbre, aunque tal vez mas que eso, un habito o manía adquirida desde su temprana juventud con el firme propósito de ordenar hasta los más mínimos detalles de su vida, Osvaldo Martínez de la Masa, abogado y miembro de la Corte Suprema de Justicia, cruzaba el largo pasillo de su residencia con dirección al baño. Una vez en el interior de la habitación rectangular de bruñidos muros cerámicos, el magistrado apretó el seguro de la puerta con esa calma de abogado que a muchos exasperaba, adquirida tal vez durante sus años de ejercicio de la profesión, de la permanente lectura y relectura de expedientes, para los cuales necesitaba darse siempre algo mas del tiempo suficiente. Al quedar frente al espejo ovalado del baño, el agudo y penetrante cristal le devolvió de golpe su perfecta imagen: cabeza grande, bigotitos un tanto desproporcionados por lo pequeños con respecto al tamaño de su rostro de color ligeramente rosáceo. Ese domingo por un momento le llamó la atención la red de surcos tejidos sobre la faz de su cara. "Estaré viejo tal vez", penso vagamente el magistrado al mirarse detenidamente. Sus mas de cuarenta años de trabajo activo en los tribunales, le habían dejado perfectamente marcada sobre la frente la costumbre de arrugar el ceño al momento de leer y releer una y otra vez el mismo expediente, aunque especialmente, el hecho de mirar asombrado la cara siempre de inocentes que sabían mostrar al mundo los acusados, aunque se tratara de los sinvergüenzas mas grandes.
Luego de unos segundos de pie frente al espejo, que fueron bastante más largos que en otras oportunidades, debido a las interrogantes surgidas frente a su rostro, el magistrado procedió finalmente a desatar su fino cinturón de cuero, desabotonar el pantalón para bajárselo, conjuntamente con el calzoncillo, y posteriormente arrellenarse sobre la taza color rosa-francia del excusado. Desde que se recibiera de abogado había adquirido la manía de otorgarle a la gran mayoría de los actos de su vida, un toque que él denominaba orgullosamente de solemnidad. Lo que para otros, en este caso concreto, se trataba únicamente de serios problemas de estreñimiento.
El alto magistrado padecía dichos males desde joven, pero nunca seria capaz de reconocerlo. Así que una vez acomodado sobre la taza, sus fláccidos músculos de hombre de escritorio se relajaron y su prominente barriga que acusaba el gusto por la buena mesa, se aflojó hasta desplomarse sobre sus muslos lampiños y descarnados. Encendió entonces su cigarrillo habitual para tales circunstancias, mientras se disponía a abrir El Mercurio que mantenía bajo su brazo. Matutino nacional que lo acompañaba regularmente en tales menesteres, pese a que a ratos debía prácticamente luchar con el como contra una bestia indomable para poder gobernarlo en sus manos, debido a su descomunal tamaño. Entonces, en el momento que sus pupilas capturaban el titular, Osvaldo Martínez de la Masa tuvo la vaga sensación de sentir un ligero movimiento de piso. No obstante, en ese primer momento no le hizo el menor caso. Sus largos años de permanencia sobre este pedazo de tierra movediza, acostumbrada a las más violentas aserruchadas de piso de toda índole, lo tenían, por cierto, a esas alturas bastante indiferente al respecto. Por lo demás, su honorabilidad y su extremado pudor, no lo harían moverse de allí en tales circunstancias a menos que terremoteara. Fue esa una vaga idea que cruzó en fracciones de segundos por el serpentín de su cerebro de hombre metódico. Sin embargo, no alcanzó a retomar el hilo de la lectura que tenía por delante, cuando el movimiento sísmico aceleró su intensidad hasta llevarla a una velocidad de pánico. Al punto que su mujer, por primera vez en cuarenta años de matrimonio, se atrevió a interrumpirlo desde el pasillo gritando: ¡Parece que esta temblando otra vez Osvaldo! El alto magistrado no contestó. Por lo demás, jamás lo haría en tales circunstancias. Permaneció quieto y silencioso sobre el retrete, asustado, sin duda, sudando y pensando en la mejor manera de desembarazarse del estado en que se encontraba en medio del temblor. No obstante, en esos precisos momentos su intestino grueso comúnmente bastante perezoso y atascado, comenzó a evacuar su contenido a una velocidad insospechada por el magistrado, sintiendo acaso por primera vez en su vida la agradable sensación de una digestión blanda y ágil, eliminando así en un par de segundos lo que en otra situación habría tardado la hora de reloj completa.
Y si bien percibía con estupor como crujían las nobles estructuras de su casa, los azulejos y los vidrios de las ventanas, y como también oscilaba su propio cuerpo desnudo sobre el retrete por causa del movimiento telúrico, el hecho de poder evacuar de manera eficiente y rápida lo mantenía todavía con valor suficiente para no levantarse y salir arrancando. Quizá lo único que temía en ese momento el abogado, era la posibilidad de depositar sus excrementos fuera del orificio de la taza. ¡Terremoto! Escuchó gritar a las mujeres por allá, afuera otra vez, esta vez en el patio, donde supuso que se encontraría también su mujer junto a las dos empleadas de la casa. Entonces, en vista del griterío exterior, el magistrado no pudo resistir mas su impertérrita posición de hombre de derecho mientras sentía que poco menos el mundo se venía abajo. Su cuerpo, bastante lento y pesado, adquirió repentinamente la velocidad sorprendente de un hombre joven. Agarro los pantalones al mismo tiempo que se paraba y se los amarró a la cintura con el cinturón, y después se lanzó derechamente hacia la puerta del baño. Quiso abrirla con la mayor rapidez para salir,
pero la perilla no cedió un solo milímetro. Estaba atascada. Dedujo entonces que la gran intensidad del temblor había clausurado la puerta. Volvió a insistir con mayor fuerza aún, consiguiendo sólo con ello pintar con tinta roja su rostro y lastimarse la mano. Entonces la desesperación hizo presa del magistrado al sentirse definitivamente atrapado en el interior de la habitación, acompañado de aquel extraño sujeto que asomaba de vez en cuando en el espejo, con un rostro macabro y asustado. Estaba poco menos que apunto de tirarse de cabeza por la ventana hacia el patio, cuando repentinamente el movimiento telúrico se detuvo. Pasaron varios segundos antes que recobrara el aliento y la conciencia de los estragos que había ocasionado el sismo en el interior de la habitación. Al mirar a su alrededor con ojos redondos de perplejidad, le pareció más bien la imagen propia de un sueño ver el contenido completo del enorme botiquín en el suelo, convertido en un sólo charquicán de crema, perfumes, polvos de cara, rimmel, jabones, peinetas y, peor aún, distinguió en medio de todo eso sus propias excremecias esparcidas por todas partes, también sobre su preciado diario El Mercurio. Estaba con los ojos desorbitados mirando todo eso cuando las fuerzas omnipotentes de la naturaleza arremetieron de súbito otra vez con mayor fuerza y violencia, haciendo esta vez crujir de dolor las estructuras más nobles de la casa y mover de su lugar todos los objetos.
Los reflejos del alto magistrado, esta vez más atentos y sensibles, lo llevaron a lanzarse con mayor rapidez sobre la puerta atascada, pero sin poder conseguir otra cosa que desgarrar sus fláccidos músculos. Entonces, imaginando lo peor, por su mente oscilaron a la misma velocidad del temblor los eslabones de su vida entera de abogado, sus archivos, la oficina, el cafecito y esa estúpida idea maniática, pensó arrebatado, de encerrase por horas en el baño por culpa de sus intestinos de mierda y la maldita pastilla del famoso doctor Prado, que jamás le había hecho ningún efecto. Sin embargo, la sigo tomando todavía el muy bruto. Se tomó la cabeza con ambas manos en un vano intento de escapar de esa situación que le pareció lo uficientemente absurda como para descreer de ella, justo cuando la tierra comenzaba a detenerse, primero muy lentamente, como un caballo después de un galope desenfrenado.
-¿Te pasó algo, Osvaldo? Preguntó su mujer con un hilo de voz que denotaba angustia y preocupación.
-No. Respondió con sequedad el magistrado. Sólo que no puedo conseguir abrir esta maldita puerta.
- Puede que se encuentre con seguro, insinúo ella con mucha sutileza, pues conocía al dedillo las costumbres de su esposo.

Efectivamente. Corrió el seguro y la puerta se abrió suavemente. A los pocos segundos salía el alto magistrado de la república caminando con los mismos pasos pausados y solemnes con que solía ingresar al Palacio de Justicia cada mañana, con la única diferencia que esta vez el distinguido funcionario público había olvidado limpiarse las nalgas, y en los extremos de su delicada camisa de seda llevaba la evidencia que podía servir para testificar hasta que punto los movimientos de tierra también lo asustaban.

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