De: "Bienvenido sea el día".

En la playa


Mientras Estela toca la guitarra y los demás corean su canto, me voy acurrucando regalonamente en la arena, dejándome arrastrar lentamente por sus afinados acordes, por el armonioso movimiento sobre las cuerdas de sus hermosas manos blancas. Su aterciopelada voz con facilidad puede conseguir emoción, y hasta una ligera lagrima de quienes la escuchamos. Su música junto al mar relaja, y si no fuera por el desabrido, por no decir grotesco vozarrón de Rodrigo -que intercepta a ratos su melodía-, uno podría quedarse dormido. Dormido en un dulce sueño de suaves melodías y hermosas mujeres como esa muchacha. Anoche no dormí mucho, estuvimos como ahora, cantando hasta altas horas de la madrugada. La noche estaba helada y nuestra fogata era la única en el ancho perímetro de la playa. Hoy ocurre aquí algo parecido. Este largo verano no hemos convertido todos en pájaros nocturnos. Las noches se nos hacen días, y los días, noches de pesados sueños trasnochados.
Ahora mis pupilas buscan constantemente la mirada de Estela, colmada siempre de múltiples insinuaciones. Su silueta a ratos, desde aquí, al otro lado de la fogata, la veo rubia, cuando la llama resplandece con una nueva carga de leña, iluminando su rostro de lleno, su larga cabellera, sus manos delicadamente torneadas. Luego, a medida que la llama se extingue, aparece morena, semi envuelta por la oscuridad del entorno. Es un juego de luces que entusiasma. Podría susurrarle al oído mil palabras, todo ese nuevo vocabulario que he ido desarrollando este verano a patas sueltas en la playa, olvidado por fin de la complejidad del cosmos, de lo terrible que me ha parecido siempre el mañana. Pero, como la mayoría de las mujeres interesantes del planeta, ya tiene compañero, un compadre que estaria dispuesto a cualquier cosa por ella, y con razón.
Hay dias en que pienso que me gustaria vivir siempre junto al mar, recostado sobre la arena, tostando mi pellejo gracias al sol gratuito que se derrama día a día sobre nosotros, sobre nuestra gomosa piel de lagartijas, siempre ávida de calor. Durante la noche, augurando el porvenir entre canciones y hermosas muchachas. Así es rico vivir, relajado, sin urgencias de ningún tipo. Apoyo ambas manos con fuerza en la arena con la intención de sentarme y luego, arrepentido, me vuelvo a desplomar hacia atrás, para estirar una vez mas mi largo esqueleto sobre ella. Puedo, por un momento largo, soñar que estoy tendido en la cabecera del mundo y olvidar que soy un insignificante grano mas entre los miles que constituyen la superficie habitable de la playa. Se me ocurre también pensar que en la otra cara del globo los chinos están durmiendo la mona, y así nosotros somos los únicos habitantes que hacemos esta noche vigilia en el planeta. La noche esta oscura, pero Estela es una presencia luminosa que destella como los astros en medio de la oscuridad.
La verdad es que no tengo el mas mínimo deseo de regresar la próxima semana a Santiago. Aquí me siento bien; relajado como el primer hombre, expectante como el ultimo habitante de la galaxia. Allá siempre le estoy temiendo a algo, especialmente al futuro. Mi viejo esta cada día mas jodido, me saca de la cama al despuntar el alba y debo partir arrastrando el sueño en una gigantesca bolsa hasta el colegio. Aunque este año ya no volveré al colegio, ni el próximo, ni nunca. Lo que no deja de ser para mi un alivio, un gran alivio. Me tenia harto, sobre todo la maldita presión del ultimo año. En todas partes urgiéndolo a uno diario para que estudie y solo estudie como una maquina, aunque finalmente no sirva de mucho; y el futuro -el maldito futuro- solo dependa de la famosa e ilustre Prueba de Aptitud. A veces he pensado que el resultado es pura casualidad, pura suerte. La verdad que es harto triste vivir en un país estrecho, donde la única alternativa para conectarse con el porvenir y disfrutar de el, parece ser ese angosto pasadizo que da acceso a la universidad. Le tengo pánico. No se si por una razón personal, o por la agobiante presión de mi viejo.
Por eso acá estoy mucho mejor, un poco solo tal vez, pero es bueno estar solo de vez en cuando para ordenarse un poquito. A mama no le preocupa demasiado lo que hago, tampoco tiene esa horrible costumbre de hacer mil preguntas como mi viejo. Don preguntón por excelencia, abogado desde chiquitito, con una sentencia en la punta de la lengua para condenar cada acto, cada idea. El abuelo era igual en eso a mama, rara vez le daba por preguntar cosas. El era quien las contaba, porque para eso había vivido larga vida y tenia historias para contar hasta la eternidad. A veces, sentado sobre sus rodillas cuando niño, solía pasar horas de horas oyéndolo hablar, evocando un recuerdo y otro, especialmente esa serie de aventuras que narraba cuando se había ido al norte en busca de fortuna. Y mientras hablaba, acostumbraba a beber largos sorbos de agua. A mi eso me daba mucha sed. Luego volvía otra vez a tomar el hilo del relato...
- ¿Te quedan cigarrillos, Antonio?
- Si, contesto desde mi ultratumba. Le paso la cajetilla de Belmont a Rodrigo, que ha emergido desde las sombras a buscarla.
A ratos, la fogata arde echando chispas. Andrés, nuestro
fogonero oficial, no se cansa de alimentar una y otra vez el fuego.
Será mejor que me retire un poco. Mis pies están prácticamente al rojo. Estela ha dejado de cantar. La veo ahora caminar por la orilla del mar abrazada a Fernando. Por la orilla de esas olas desveladas al igual que nosotros, que no quieren o no pueden dormir y están ahí, infinitamente susurrando su canción nocturna. Sinfonía inconclusa que insinúa algo que nunca terminare de saber concretamente que.
La llama de nuestra fogata en el centro es roja, como el calor que caracteriza a los enamorados. Después se torna un poco azul, luego su aspecto mayormente visible es amarillo. Algo parecido ocurre conmigo, con mi personalidad. Siento a veces que también estoy al centro al rojo vivo. Sin embargo mi llama exterior siempre es opaca, amarilla como nuestra fogata, solo un reflejo pálido de ese rojo intenso de donde nace. A veces mis amigos se extrañan porque no hablo mucho, porque no soy el tipo de persona con la talla explosiva o la palabra en la punta de la lengua para lanzarla como Rodrigo y el Negro, que cuando les da por hablar o hacer bromas terminan por contagiar a medio mundo. En cambio yo, siempre calladito, del tipo mosquita muerta, incapaz de hablar lo suficiente. A veces se me ocurre pensar que no se hacerlo, que soy algo así como un mudo, o que papa en la familia, como le oí decir mas de alguna vez a mi vieja, se ha encargado siempre de hablar por nosotros, con esa tremenda verborrea que se gasta, mas larga que el túnel Lo Prado.
Estela ha vuelto otra vez a sentarse frente a mi, al otro lado de la fogata. La guitarra la espera y nosotros también. Debe sospechar que me gusta, porque mis pupilas se pegan a ella como lapas. Sin embargo, no parece para nada molesta por ello; al contrario, a ratos me sonríe devolviéndome la mirada. La conocimos recién este verano y de pura casualidad, y como Fernando tiene mas cancha, aquella noche se nos adelanto a todos los que en la discoteca la mirábamos con ojos interesados. Además, es sabido que en la playa mujeres y hombres andan siempre mas o menos tras la misma cosa: amor, aventuras de amor, y el mas patudo, como es típico, generalmente sale ganando.
Tienes que avivarte, Toño, mi viejo siempre anda en esa onda conmigo, y ahora, en este caso concreto, quizá por primera vez le encuentro razón. La discoteca estaba repleta ese día, era cosa de salir a invitarla a bailar, pero lo estuve pensando durante demasiado rato. Perfectamente podría estar en el lugar suyo en este preciso momento. Pero nada, estoy acá, al otro lado de la fogata, mirándola quizá hasta con cara de idiota, cogiendo puñados de arena y luego colándolos entre mis dedos. Aislado, sin duda.
Otra de las maravillas de estar aquí, quizá la mejor de todas, es que mama pasa el día jugando canasta con sus amigas, que son cerca de un millón, y rara vez, a esta en particular, esta pendiente de mi. Aunque también algunas noches le baja la nostalgia y el amor por su hijo, me hace arrumacos como cuando era niño y me pregunta cien veces al oído si la quiero o no. Mi viejo dice que yo soy lunático igual que ella. Claro que al lado suyo cualquiera es lunático. Hasta el mismo Papa, creo yo. Su orden de hormiga escrupulosa es enfermante. Jamas lo he visto sin corbata, o buscando desesperado el cinturón. Todo tiene que estar en su sitio. Esa es la mentalidad de mi viejo. Los dos sufrían cuando estaban juntos y, quizás, ahora hasta me alegra que se hayan finalmente separado. Acá mama se ve mas joven, relajada, en cambio en Santiago mi viejo sigue gruñendo como un ogro feroz. Nunca he escuchado un comentario filosófico de su parte. Nunca ha dicho que es la vida, por ejemplo. Aunque solo sea por decir, se bien que no hay ninguna respuesta demasiado satisfactoria al respecto. Pero por ultimo por huevear, como sabe hacerlo la mayoría de la gente. Para el todo tiene que estar en regla. Cuando mama solía opinar algo, inmediatamente salía el jurista detrás, con su libro de abogado en mano, con su mamotreto de resoluciones preestablecidas para dejar muda a mama y a cualquiera que le saliera en ese momento al paso. Nada grato, un espectáculo muy desagradable. Así que cuando pelearon esa ultima vez -ese dia yo estaba durmiendo y me despertó de pronto el ruido, el alboroto en la cocina, los platos que primero silbaban en el aire para caer luego al piso como bombas, explotando al momento del impacto- se dijeron de todo, todo lo que seguramente no se habían dicho durante los años que silenciosamente ambos se llevaban soportando, que el era un huevon y medio, que ella también era una huevona pero completa, que el matrimonio era una sola mierda, que no tenia ningún sentido vivir con una persona histérica como el, que la maldita vida era una pura huevada, que se fuera a la cresta de una vez por todas si le daba la gana... un millón de estupideces que se dijeron esa noche que yo apenas puedo recordarlas, las mismas que tuve que repetirle al pelotudo del psicólogo donde se le ocurrió brillantemente a mi viejo llevarme, aconsejado por la orientadora del colegio. Y tuve que ir no mas, porque cuando al viejo se le pone una idea en la cabeza, no hay caso. De paso podría haber ido a ver uno el también. Entonces el tipo con lentes desde el otro lado del escritorio quería poco menos que le contara mi vida entera, como si eso sirviera de mucho para penetrar los laberínticos recodos de la mente. Como yo no le contaba nada, o demasiado poco, el tipo comenzó a hacer preguntas como un loco, hasta que al fin pudo sacarme un montón de cosas que luego no se que diablos hizo con ellas cuando se las conté. Le conté de mi amor especial por la naturaleza, que de cabro chico me gustaba mucho quedarme largo rato observando el movimiento de los insectos, especialmente el de las arañas cuando les da por columpiarse en la elasticidad de sus propios hilos subiendo y bajando una y otra vez desde una hoja de un árbol hasta seguramente aburrirse de ello. Le dije que papa quería que estudiara ingeniería o alguna carrera que diera mucha plata porque eso era lo mas importante en esta vida, ganar kilos de plata. También le conté que mis viejos estaban separados y que mi vieja vivía en la playa y el en Santiago. También creo que le dije que a menudo me lo llevaba pensando en mi abuelo y en las cosas que me había dicho, especialmente aquello de que el mundo era mío si se me daba la gana de atraparlo para llevarlo para donde quisiera llevarlo. Le dije también que mi viejo no creía en Dios y sin embargo, me había puesto en un colegio católico donde yo no entendía ni papa. También creo que le conté que tenia un diario de vida donde acostumbraba a escribir ciertas cosas. Entonces el patudo me pregunto si se lo prestaba y por supuesto que le dijo no. Quizá sea esa la razón mas importante por la que no quiero regresar a Santiago. Mi viejo va a seguir en la onda de mandarme al psicólogo, y a mi eso me causa pavor. No tengo el menor interés en que un tipo me observe detrás de sus gafas como si yo estuviera loco, haciendo una serie de acotaciones racionales del tipo de la onda cuadrada de mi viejo. No, donde ese compadre no vuelvo a ir nunca mas. Lo único que yo tengo, compadrito -eso estuve casi a punto de confesarle la ultima vez- es pena, pena de que mis viejos se hayan separado. Es todo. Pero para ese mal no hay remedio, solo el tiempo dicen que puede curarlo. Y puede ser cierto, he visto como los hombres con los años van endureciendo el corazón, a veces por razones justificadas, otras sin motivo aparente, pero todos vamos camino a la piedra, al olvido definitivo, como ya también presiento ir de algún modo viajando este verano.
A ratos, el viento de la noche juega con el pelo de Estela, revolotea indeciso sobre su cabellera, ondeando sus hebras, dejándolas en cierto modo desordenadas, pero finalmente tornando su rostro mas atractivo aun. Imagino a ratos lo hermosa que debe encontrarse ella. Su belleza es una cuestión de irradiación, algo así como un destello, algo que emana no solo de cuerpo sino también de su voz y de su forma singular de caminar. Si esta noche sigue mirándome como hasta ahora lo ha hecho, palabra que le voy a cerrar un ojo, cara de palo, aunque aquí quede la crema. Al fin y al cabo parece que el amor tiene que ser así, espontaneo, para que no llegue nunca a terminar.

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