La última partida

Tatiana Puentes Torres, Barcelona, 5 de octubre de 2005

Si querías encontrar a Jhonny Lemus debías buscarlo en un bar. Lo reconocerías de inmediato inclinado sobre la cubierta verde de una mesa de billar ensayando su truco preferido; carambola a la bola ocho coqueteando suavemente con la nueve mientras ambas entraban, limpias, en agujeros de bandas contrarias.

Cargaba con un pasado turbio de noches y partidas, recorriendo bares de trasnoche mientras vaciaba los bolsillos de sus contrincantes, apostando todo o nada en una sola mesa con el brillo sutil de su navaja como única advertencia de que el juego siempre iba en serio. De Jhonny Lemus se decían muchas cosas, se tejían historias hilvanadas con la luz blanca de una mesa de billar, con sabor de whisky barato y olor de humo impenetrable. De su presente solo se tenía una certeza, que Jhonny Lemus tenía una hija y que la niña lo esperaba cada noche en los brazos de su madre, dormida en la promesa que esa sería, como decía siempre, la última partida.

A su manera, la vida le sonreía a Jhonny Lemus, con esa mueca mezcla de burla y complicidad con que sonríe a los que no le tienen miedo a la muerte. Le sonreía siempre hasta aquella noche en que el cojo Hernán no estuvo dispuesto a perder a su mujer por una simple partida de billar y juró vengarse, al precio que fuera. Buscó a Jhonny por los bares de la ciudad hasta que dio con él una tarde de sábado. Quiero la revancha, le dijo y Jhonny sonrió, sonrió con la misma expresión con que metía su carambola de la bola ocho y le dijo que si, que claro, que donde quisiera, que no le haría mal tomarse por revancha a su mujer. Y el cojo Hernán le dijo que estaba preparado, que no se dejaría ganar y que esta vez, sería él quien tendría que pagar. El domingo, le dijo, a las 9:30 en el barmás alejado de la ciudad.

Y Jhonny Lemus aceptó. Pero el cojo Hernán tenía otros planes. No habría mujer, no habría partida, no habría más apuestas, ni revanchas, ni paños verdes sobre el mármol liso de la mesa. No habría otro domingo para Jhonny después que el cojo y sus amigos lo sorprendieran solo en la oscuridad del callejón que conducía al bar de la esquina, cuando el brillo de otras navajas dieran su mensaje inapelable y definitivo.

El domingo, poco antes de la nueve Jhonny Lemus dejó a la pequeña que sostenía en sus brazos y se dirigió a la otra habitación en busca del taco. La niña gritó su nombre pero su madre la retuvo con un gesto automático. La chiquilla forcejeó, gritó, se zafó mientras corría detrás Jhonny, pero Lemus a penas tuvo tiempo de voltearse para darle una última mirada. La vio acercarse por el corredor como en cámara lenta mientras el pelo le bailaba al rededor como escapando de un mal sueño. No tuvo tiempo de abrazarla, se ajustó el estuche del taco en el hombro izquierdo y salió por la puerta prometiendo que al regresar le traería un hermoso regalo. La niña permaneció de pie observando la puerta deteriorada durante largo rato. Pero Jhonny Lemus no volvió a aparecer