Zoológico de Santiago
Unas pocas palabras para los amantes de la naturaleza y la vida salvaje
Composición escolar para estudiantas crecidas, tras visita al Cerro San Cristóbal, Barrio Bellavista


SI DESEAS CONOCER el Zoológico de Santiago, tendrás que trepar por escaleras y corredores agrestes, o pagar boleto en un carro de rieles y cables que te llevará cerro arriba entre árboles y malezas. Un paseo divertido donde el carro a medida que trepe, mostrará para ti la metrópoli sudamericana en esplendor, ocultando desde la altura sus miserias y sus espantos. Santiago se presentará ante ti, como un gran agujero con promontuorios de edificios donde, centenas de hembras acechantes se ocultan para adular a sus reyes gerentes, lo nuevos dueños de la humanidad de las transnacionales. Claro que eso así en detalle no lo podrás observar, aunque sí tal vez percibirlo, dependerá de tu agudeza. Mientras tanto el carro continuará en su ascenso y aterrizarás en la mitad de un macizo rocoso que los santiaguinos domestican hace más de un siglo. Así quisieron domesticar también a una elefanta solitaria, a una treintena de leones hambrientos, y a más de cien choroyes y tricahues que se asoman desde atrás de sus rejillas a la ventana de la jaula del mundo que los hombres se jactan de compartir con sus mujeres. Unos pasos más arriba, y llegarás frente a una piscina de aguas turbias donde focas y lobos marinos se zambullen y surgen aplaudiendo y lanzando carcajadas; un palacio de la risa mientras a no más allá de cinco metros, verás una jaula sombría, donde un tigre solitario llora con orines su falta de amor y de hembras.
Pamplinas. Si de verdad deseas conocer el zoológico de Santiago, deberás continuar más arriba hasta un hoyo gris que recrea el habitat semi desértico de los mandriles y papiones sagrados. Todo un mundo encerrado en una depresión delimitada por murallones de ésos con que los santiaguinos han querido domesticar su cerro. Un agujero artificial de un cuarto de hectárea que posee dentro cerros rocosos, artificiales también, cada uno con una roca prominente, y cada roca prominente adueñada por un macho dominante; un macho dominante nada artificial, nada lejano al macho de los hombres, con sus estructuras de esposas y asistentes, de secretarias y amantes. Cada roca artificial con un mandril que domina su parte del clan, cada mandril dominante con su séquito de esposas, concubinas y ocasionales. Todo eso en ese hoyo construido por el hombre, todo en esa recreación de seres diminutos observados como quien los mantiene en una caja de zapatos. No conocerás el Zoológico de Santiago si no has puesto atención en esa sociedad de primates que más allá de su artificio reflejará nuestra propia vida de ejemplares humanos.


Pon atención, y entonces verás que la hembra principal, a la derecha del papión sagrado, es su esposa por ley, porque firmó los registros, como firmó también el acta de madre de sus chiquillos, esos monitos privilegiados que corretean al rededor de la roca relevante, y que a cada cierto tiempo, se cuelgan a mamar del pecho de su madre que posee los derechos sobre es macho sagrado, propietario del cerro artificial y de su roca promontuoria. Y si te fijas bien, ésa a su izquierda que lo acaricia y lo despioja, es su asistente primera, que a veces lo prepara para que penetre a la esposa principal, la de ley. Es ella la que comparte el néctar de ese macho con una segunda concubina, aquella sentada a su espalda que espera y espera que la esposa esté fuera de celo y lo esté también la primera concubina y sobre todo que no la estén mirando. Mientras tanto le da masajes por la espalda, ésa es su obligación y eso hará incluso mientras el gran macho sagrado goce con la esposa o con la primera concubina. No es eso por supuesto todo lo que ella desea: cuando sus superioras por fin se descuiden, tímidamente se atreverá a tomar el mástil del papión para orgullo de su boca.


Así como lo cuento transcurre la vida casi siempre, pero ciertas veces, se puede ver a una muchacha que ronda, que guiña ojos y observa, y que en unos días más, cuando entre en celo, se erectará de pezones y respingará el trasero, el cual decorará además con líneas amarillas y rojas. La esposa legal y la concubina uno, y la concubina dos, y la tres, y también la cuatro, sabrán bien lo que aquello significa; el macho se dará cuenta de más, lo percibirá por los ojos y el olfato, porque alrededor de su pequeño roquerío artificial, el aroma a deseo de hembra joven se tornará embriagador y nadie podrá ocultarlo; cómo en un hoyo artificial de un cuarto de hectárea construido por el hombre con inmensos murallones. Nadie puede contra el deseo, nadie; y la esposa junto a la concubina uno, intentarán expulsar a la intrusa, para eso les ayudará la concubina dos, la tres y la cuatro. Ese es el zoológico de Santiago, quien diga lo contrario se empeña en el engaño.


Claro que mientras las hembras dominantes y las no tanto, traten de que no se acerque la muchacha, la concubina cinco, incondicional del mandril sagrado, captará el deseo del macho y se lo tomará entre sus manos para acariciarlo y consolarlo; todo eso antes de que las otras vuelvan, pero si hubiera tiempo, se lo atrapará entre las piernas con su amor y su deseo tremendo, aunque no sea sino por un par de minutos de gracia o por un par de segundos.


Y como nadie ni nada pueden contra el deseo, pese a los esfuerzos de las esposas amenazadas, la hembra joven no se rendirá. Brincará briosa por el roquerío, y sin hacer caso a los cuatrocientos golpes, subirá hasta la roca dominante, para, de espaldas al papión sagrado, sentirse penetrada por él, que gozará con ella, mientras hará lo posible por protegerla de la agresión de las despechadas que no cesará en ningún momento. Es así como el macho conseguirá inundarla parcialmente con su néctar, mientras la mantendrá a toda costa sometida por la espalda. Será apenas un instante de éxtasis, en que la muchacha aprovechará de invitarlo a que disimule y la siga unos instantes después hacia el letrinero, el lugar donde ambos saben que las otras mujeres no irán a molestarlos. Así convenido, la muchacha se liberará de la penetración y, recibiendo todavía el castigo de las otras, terminará de esquivarlas y se alejará rocas abajo dando un rodeo.


Volverá así la normalidad el Zoológico de Santiago, la esposa a sus chiquillos, la asistente uno a beber del resto de néctar en el pene del gerente, la asistente dos, a despiojarlo mientras disimula la envidia de no poder beber ella también. Vuelve la normalidad al Zoológico de Santiago, pero no por mucho tiempo. El hombre poderoso, se sacudirá y sus asistentes se harán a un lado, y él con su actitud las engañará haciéndoles creer que bajará al letrinorio y que no desea de ninguna clase de compañía. Así que ahí lo podrás ver bajando de a cuatro saltos, y si no lo pierdes de vista, verás que en vez de ir hacia donde ha dicho que va, dará también un rodeo para perderse en una grieta que dejaron los albañiles que domesticaron al cerro del Zoológico de Santiago. Ahí, a cubierto, no necesitará esperar por mucho a la muchacha, porque ésta se presentará casi de inmediato; y si algo podría demorarla, sólo sería que en el camino al encuentro con su amo-dios-amante-dueño, se encontrara con un mandril marginal o un papión no tan sagrado que le cortara el paso con el sexo en ristre. Pero no habrá drama, créanlo, el enamorado pretenderá regalarle una banana exigiéndole por ella un poco de amor. Pese a eso, insisto, el gran macho dominante no tendrá que esperar demasiado, porque la muchacha convencerá rápidamente al joven que ella a él no le corresponde; sin embargo, se las ingeniará para darle consuelo con su mano derecha, mientras con la izquierda tomará la banana obsequio de su enamorado.


Es la ocasión que aprovechará también un monito de igual marginalidad, más pequeño que el novio regalador de bananas, más pequeño aún que la propia muchacha. Un monito marginal pero oportunista, que se valdrá de la distracción de la muchacha disfrutando de la banana y consolando al amante, para arrojarse entre las piernas de ésta y beber néctar de mujer mientras se satisface con sus propias manos. Ocurrirá todo en un par de minutos tras los cuales la muchacha retornará a su juicio y al camino a su cita importante, y una vez junto al señor, le preparará el pene con los labios sin ningún tipo de preámbulos, para entonces, agonizar clavada con la espada del papión sagrado. De esta manera el hombre le regalará, ahora sí toda su sabia, para después dormirse abrazado por la muchacha que lo seguirá amando, aunque él ya nada tenga para darle, ni siquiera un sueño, tampoco un pensamiento.


¿Qué sueña el hombre dormido en el regazo de la muchacha?, ¿qué sueña la muchacha con el gusto de la sabia todavía quemando? Es algo que quizá podamos responder si ponemos atención y escuchamos lo que se dicen: "¿Por qué no la abandonas de una vez y nos vamos a vivir juntos como prometiste?" Eso le dice ella a él, y él le responde "No te he prometido nada, no lo haría ni por broma", y después, cuando nota la tristeza en el rostro de la muchacha, agrega "además, si te hiciera caso no pasarían seis meses antes de que viniera otra a pedirme que te abandonara".
La mujer salió furiosa del hotel de la calle Pío Nono, ésa que sube hacia el cerro. Salió furiosa, cierto, pero aún así, del brazo de su hombre-gerente. Dos cuadras más adelante, cuando el auto del poderoso se detuvo por luz roja, se acercó a él y le susurró al oído, "te perdono". Cinco minutos más tarde, quizá porque después del amor su caminar resultaría extenuante, pagaron el boleto y subieron al carro de rieles y cables con que se visita el zoológico del cerro domesticado que tienen en Santiago.


Martín Faunes Amigo, Alcalde de Los Molles, Pájaro Pardo.

PRINCIPAL